



Cuando el balón comience a rodar en el Estadio Azteca en el verano de 2026, millones de ojos seguirán la magia del fútbol. Pero tras bambalinas, se jugará otro partido: uno que no se transmite por televisión, pero que puede marcar la diferencia entre el éxito o el colapso. Se trata de la logística.
Por primera vez, la Copa Mundial de Fútbol se disputará en tres países simultáneamente: México, Estados Unidos y Canadá. Serán 104 partidos, 48 selecciones y más de 6.5 millones de espectadores en estadios, de acuerdo con información de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). Además, la Secretaría de Turismo (SECTUR) estima la llegada de más de 5 millones de visitantes durante el mundial de fútbol. La magnitud logística es inédita, y México será protagonista.
Con Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey como ciudades sede, el país enfrentará una presión sin precedentes en infraestructura urbana, aeropuertos, puertos, rutas terrestres, servicios de última milla, inventarios, aduanas y abastecimiento de bienes esenciales.
La Copa no solo pondrá a prueba a los equipos, también pondrá a prueba la resiliencia de nuestras cadenas de suministro. Si no se planifica con precisión, podríamos enfrentar fallos en sectores críticos como salud, alimentación, transporte o servicios turísticos.
Este es el mejor momento para empezar a planear de forma inteligente.
La alerta no es menor. Las ciudades sede, por sí solas, ya enfrentan desafíos estructurales. Ciudad de México es una de las urbes más congestionadas del mundo, de acuerdo con el informe de TomTom Traffic, que la clasificó como primer lugar mundial de congestionamiento vial, al registrar 152 horas perdidas al año en el tráfico. Guadalajara tendrá que balancear su rol como hub tecnológico con el aumento exponencial del turismo. Monterrey, conectado directamente con Estados Unidos, soportará un incremento drástico en tráfico transfronterizo de mercancías y turismo.
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A esto se suma la presión sobre zonas no sede, pero altamente turísticas, como Cancún, Tulum, Puerto Vallarta y Los Cabos, que, de acuerdo con estimaciones de la Secretaría de Turismo (SECTUR), recibirán millones de visitantes adicionales. Solo Cancún podría registrar un aumento del 25% en su flujo promedio, afectando abastecimiento de alimentos, combustible, suministros médicos y bienes de consumo.
La logística moderna es una red interdependiente. Un retraso en aduanas puede traducirse en la falta de equipos para transmisión internacional. Un cuello de botella en un puerto puede dejar sin inventario a hoteles o farmacias. Un atasco en última milla puede arruinar la experiencia del visitante y repercutir directamente en la reputación del país.
El turista de hoy no solo exige seguridad y comodidad, exige aparadores con stock suficiente. Compras online, entregas al día siguiente, experiencias fluidas. Pero ese estándar digital choca frontalmente con el caos operativo que puede generarse si no se anticipa cada escenario.
Además, la presión logística se da en un contexto pospandemia y en medio de tensiones geopolíticas globales que ya han impactado el comercio internacional. Las lecciones del COVID-19 y la guerra en Ucrania demostraron cómo una falla operativa puede escalar en costos, inflación y reputación. Solo durante los preparativos de los Juegos Olímpicos de París 2024, los costos logísticos aumentaron entre 11 y 15% por restricciones de movilidad y congestión urbana.
México no puede darse el lujo de improvisar.
La logística no es una operación secundaria, es la columna vertebral del éxito reputacional de México frente al mundo. Una falla en cadena puede convertir una oportunidad histórica en un desastre operativo.